por Darío Gadea
9 de agosto de 2026
Existe un encanto particular en aquellos estudios que se animan a experimentar. Es gracias a esa libertad de probar con cosas diferentes que podemos disfrutar de propuestas originales o que, cuanto menos, intentan aportar un giro de tuerca a lo que conocemos. El equipo de ACE Team es un experto en ello. Comendanzo con Zeno Clash, pasando por Rock of Ages y llegando a The Eternal Cilinder, el equipo chileno presume de muchísima creatividad. Ahora, con The Mound: Omen of Cthulhu, toman dos elementos bastante populares dentro de la industria como lo son los extraction shooters y la obra de H.P. Lovecraft pero los retuerce para crear una aventura donde el verdadero peligro no son los monstruos, sino la fragilidad de nuestra propia mente.
Inspirado en el relato The Mound del maestro del horror de Providence, el juego nos pone en la piel de un expedicionario del siglo XVI que junto con otros tres compañeros deben explorar una jungla maldita en busca de antiguos tesoros y riquezas prohibidas. No obstante, lo que comienza como una misión de exploración pronto se convierte en un descenso hacia la locura. La realidad empieza a distorsionarse y cada paso dentro de la selva incrementa la sensación de que algo no encaja anticipando que los mosquetes, cañones y cualquier pieza de tecnología del viejo mundo de poco sirven en este inhóspito territorio. El resultado es una experiencia muy creativa donde nuestra vida corre peligro de forma constante.
La estructura de las partidas gira en torno a expediciones cooperativas para hasta cuatro jugadores. Antes de cada incursión, el equipo se reúne en un galeón para aceptar contratos, preparar el equipamiento (arsenal y provisiones) y decidir qué herramientas llevar. Una vez en tierra firme, el objetivo parece sencillo: encontrar reliquias, recursos exóticos y regresar con vida. Sin embargo, el juego introduce una interesante dinámica de riesgo y recompensa. El botín se transporta en una carreta que deberá protegerse durante toda la misión, obligando al grupo a decidir constantemente si retirarse con las ganancias aseguradas o seguir avanzando en busca de recompensas mayores, sabiendo que cada metro recorrido incrementa el peligro.

Si bien la premisa es sencilla, The Mound: Omen of Cthulhu introduce una mecánica que define por completo su personalidad: el sistema de cordura. Aquí no tenemos una simple barra que indica nuestro estado mental, sino que la pérdida de cordura altera directamente la percepción de cada jugador. Enemigos inexistentes, caminos que parecen transformarse, sonidos imposibles y hasta compañeros que pueden lucir como criaturas hostiles. Todo esto forma parte de una experiencia donde nadie tiene la certeza de si lo que está viendo la realidad. Esa incertidumbre convierte la comunicación en una herramienta de supervivencia tan importante como cualquier arma. Y para los que se crean capaces de discernir entre realidad y alucinación, tengo malas noticias ya que conozco muy bien la respuesta, y no es para nada alentadora.
Cuanto más nos adentramos en la jungla, más difícil resulta distinguir qué es real y qué no. Una criatura puede aparecer frente a nosotros mientras nuestros compañeros insisten en que no hay nada. Un sendero que parece conducir a la salida puede transformarse en un callejón sin salida. Incluso un aliado que camina a nuestro lado puede adoptar una apariencia monstruosa y hacernos dudar de apretar el gatillo. Por miedo y confusión podemos eliminar a alguno de nuestros camaradas y aún así estar totalmente convencidos de que todo se hizo en defensa propia. Esa incertidumbre constante convierte cada situación en una cuestión de supervivencia. Nunca sabemos si todo está bien o si nuestra mente sucumbió a la influencia del horror cósmico.
The Mound: Omen of Cthulhu introduce una mecánica que define por completo su personalidad: el sistema de cordura

Visualmente el juego se ve muy bien. La jungla transmite una sensación constante de opresión dado que la vegetación es tan espesa que la visibilidad se reduce a unos pocos metros. Es casi asfixiante. Árboles gigantes, raíces que atraviesan los senderos, lianas colgantes y una niebla persistente provocan que algo tan simple como orientarse se sienta complicado. Los enemigos al principio resultan un poco repetitivos. Sin embargo, a medida que progresamos y las horas pasan, aparecen pesadillas cósmicas y otros horrores que hacen que sintamos nostalgia por esos primeros adversarios. La selva está más viva de lo que aparenta, pero se encuentra dormida, motivo por el cual hay que ver bien por dónde se camina y cuánto ruido producimos.
En este sentido, el apartado sonoro también juega un papel fundamental, utilizando silencios, ecos y ruidos ambientales para mantener la tensión incluso cuando aparentemente no ocurre nada. Los ruidos provenientes de arbustos o incluso del interior de una cueva no hacen más que despertar curiosidad. Lo mismo ocurre con susurros, gritos o silbidos que solo logran desorientar. Literalmente las voces están en nuestra cabeza. Nuestra presencia puede perturbar el ambiente y no somos difíciles de detectar. En ocasiones, romper una rama o disparar un arma de fuego puede desencadenar de una serie de eventos que termine condenando a toda la expedición.

Ahora bien, en ocasiones esto deja entrever algunas decisiones de diseño que se sienten injustas. El propio sistema de cordura genera momentos memorables, pero también provoca frustración. Hay ocasiones donde una alucinación nos lleva a cometer un error que resulta imposible prever, generando situaciones enormemente desfavorables. Pese a ello, con el paso de las horas termina revelando ciertos patrones que reducen el factor sorpresa y hacen que las alucinaciones dejen de generar la misma incertidumbre. Entonces, todas estas buenas ideas comienzan a perder fuerza con el paso de las horas. También tenemos un sistema de progresión donde podemos adquirir mejoras, pero resulta algo superficial frente a otros exponentes del género. Desde mi perspectiva, nada grave, pero contribuye a aportar una sensación de repetitividad.
Pese a ello, la experiencia general de The Mound: Omen of Cthulhu se deja disfrutar con desconocidos o amigos. Las alucinaciones más de una vez te agarran desprevenido y ponen las cosas complicadas en el buen sentido, haciendo que dudemos de lo que se ve y se escucha. El combate apuesta por armas inspiradas en el siglo XVI, con mosquetes y armamento rudimentario que obligan a pensar antes de disparar. Esa decisión favorece el ritmo pausado y la gestión de recursos, aunque también hace que algunas situaciones resulten pesadas y carentes de agilidad. Aún así, el entretenimiento está asegurado y vale mucho la pena jugar con jugadores que hablan diversos idiomas. Resulta sorprendente lo bien que se pueden entender las personas cuando están bajo los efectos de los dioses primigenios.

The Mound: Omen of Cthulhu no pretende competir con los grandes shooters cooperativos desde la espectacularidad. Su propuesta apuesta por la tensión psicológica, la cooperación y la paranoia como pilares de la experiencia. El titulo entiende muy bien una de las máximas del horror cósmico: el escenario no es solo el lugar donde ocurre la acción, sino un personaje más. La jungla transmite la sensación constante de que se está invadiendo un territorio prohibido. Su apuesta por convertir la locura en una mecánica jugable logra momentos de tensión genuina y situaciones memorables donde la desconfianza entre los propios jugadores resulta tan peligrosa como cualquier criatura que habite la jungla. No es perfecto, pero el título de ACE Team encuentra su mejor versión cuando se disfruta con un grupo de amigos ofreciendo partidas multijugador sumamente intensas donde aceptar que, en ocasiones, nadie tendrá razón sobre lo que está viendo.

Sobre Darío Gadea
Sniper de pura cepa. Fanatico del horror, la fantasia y la ciencia ficción. Adicto a los Metroidvanias, los RPG, la musica pesada y el synthwave. Cuando no esta leyendo algo perturbador esta jugando a Age of Empires II
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