por Franco Borgogna
De un tiempo a esta parte, el género del metroidvania está experimentando una sobreabundancia de propuestas. Tal es así que junto al roguelike conforman una fuente tan inagotable de videojuegos que resulta bastante difícil emocionarse con un nuevo lanzamiento. Además, la gran mayoría de títulos suele apostar por gráficos pixelados y la nostalgia de los éxitos del pasado, lo que hace que se vean demasiado similares entre sí y pasen desapercibidos. En los papeles, Primal Planet parecía tener todo para convertirse en víctima más de esa saturación. Sin embargo, contra todo pronóstico, consigue destacar como una de las experiencias más interesantes y novedosas gracias a una ambientación impecable y una ejecución pulida.
Primal Planet nos lleva a un mundo prehistórico y muy diferente a lo que solemos ver dentro del género. A diferencia de otras propuestas, aquí no exploramos los pasillos de un castillo gótico, o un planeta alienígena, sino una vibrante jungla propia de la era jurásica. El título nos presenta a nuestro protagonista, un cavernícola sin nombre, que viaja junto a su familia. Todo marcha bien hasta que un Tiranosaurio Rex nos ataca y quedamos separados de ellos. Nuestra misión consiste en volver a juntarnos, aunque más pronto que tarde las cosas se tuercen ya que nuestra esposa e hija son raptadas por extraterrestres.
Lo mejor del trabajo de Seethingswarm es cómo narra todo esto sin hacer uso de una sola palabra. El juego confía en secuencias visuales y animaciones increíblemente expresivas para contar la historia, una decisión que realza su brillante apartado artístico. Sin lugar a dudas, este es uno de los puntos más llamativos de la propuesta ya que aporta una gran inmersión. Además, esto también ayuda a realzar el encantador apartado artístico del título que presenta un pixel art muy bien trabajado.
El mundo de Primal Planet es increíblemente atmosférico. El juego hace uso de píxeles grandes que evocan una sensación nostálgica propia de los ‘90, pero con una fluidez y un uso del color modernos. El mundo se siente vivo gracias al ciclo dinámico de día y noche, e incluso con cambios climáticos, como la lluvia que puede interactuar con elementos como el fuego, ya sea extinguiendo incendios o apagando nuestras antorchas. Además, si bien el mapa no es particularmente grande, cuenta con áreas bien diferenciadas con selvas y montañas donde habitan tribus feroces y, por supuesto, dinosaurios. El entorno no es solo un fondo bonito; es un protagonista hostil, salpicado de bestias carnívoras que buscan convertirnos en su alimento.
El juego confía en secuencias visuales y animaciones increíblemente expresivas para contar la historia, una decisión que realza su brillante apartado artístico
En lo jugable, el control es ágil y responsivo. Nuestro protagonista puede saltar, escalar, nadar, rodar y hasta defenderse haciendo uso de lanzas, un cuchillo y objetos arrojadizos. No obstante, el combate se siente algo tosco y un poco falto de pulido. Los hitboxes no funcionan particularmente bien y el feedback de nuestros ataques no es algo que calificaría como ‘bueno’. Diría que es funcional y ya. Algo más interesante es la variedad de enemigos o, mejor dicho, de dinosaurios. Los hay de todo tipo y tamaño, aunque los más temibles y peligrosos son los acuáticos que alcanzan dimensiones realmente monstruosas.

Pero al margen de todo ello, donde Primal Planet realmente brilla es en cómo reinventa el ‘gating’ o bloqueos típicos del género. En lugar de limitarse a darnos un doble salto o las habilidades clásicas que podemos encontrar en juegos del estilo -que también están- el juego nos ofrece herramientas que evolucionan. Por ejemplo, la lanza es un arma, sí, pero si la prendemos fuego, podemos convertirla en una antorcha para quemar maleza y despejar la zona para abrir nuevos caminos. Del mismo modo, podemos arrojarlas y clavarlas contra una pared para crear plataformas y acceder a zonas virtualmente inaccesibles. De hecho, el juego incluso plantea puzles ingeniosos en torno a esta mecánica, algo que encontré realmente original.
Este diseño también se extiende a la progresión, tanto de nuestro protagonista como del pequeño dinosaurio que lo acompaña, que además habilita el modo cooperativo para dos jugadores. El juego distribuye las mejoras con cuidado, haciendo que cada nueva habilidad se sienta como un premio. Eliminar enemigos, no sólo nos permite obtener recursos para fabricar alimentos o armas, sino que también nos recompensa con experiencia. Al subir de nivel, vamos a obtener un punto de habilidad para mejorar algún aspecto en concreto como más salud, resistencia, provocar más daños con las lanzas o que las mismas sean más resistentes.

Además, eventualmente vamos a tener que buscar a los miembros de nuestra aldea para reconstruirla. Para ello debemos obtener recursos, como madera o piedra a fin de edificar viviendas precarias para obtener obtener determinados beneficios, como nuevas recetas para fabricar objetos. Sin embargo, lo más interesante es que también podemos reclutar a los compañeros de la tribu. En general, todos se comportan del mismo modo, siguiendo nuestros pasos y arrojando lanzas a los enemigos. Y si bien no se pueden mejorar sus habilidades, cumplen con creces con su función de protegernos.
Ahora bien, el desarrollo de Seethingswarm no es perfecto y tiene algunos puntos flojos -además del combate- que se hacen notar. En lo personal, creo que al mapa le falta una vuelta de tuerca. Es funcional, sí, pero demasiado básico teniendo en cuenta que hablamos de un metroidvania. Me refiero a que no se pueden añadir marcadores, algo que dificulta recordar si nos falta algún camino por abrir o un secreto por encontrar. Entonces, teniendo en cuenta que volver sobre nuestros pasos es fundamental, el no poder tomar notas vuelve la exploración algo tediosa. También debo ser sincero y reconocer que tampoco se trata de un mapeado inmenso y en unos pocos minutos se lo puede cruzar de punta a punta, pero aún así es una mecánica que no hubiera estado de más.

Dejando de lado estas cuestiones, Primal Planet es una gran adición al catálogo que el género metroidvania tiene para ofrecer. Es un juego que se apoya en su atmósfera, en su jugabilidad y en una narrativa sin diálogos, dando como resultado una propuesta por demás entretenida y hecha con un evidente amor por el oficio. Seethingswarm no viene a reinventar la rueda de piedra, pero todo lo que hace, lo hace con delicadeza y fundamentos muy sólidos que muchos otros títulos de mayor porte carecen. Pero lo más importante es que consigue algo muy difícil: sentirse nostálgico y fresco al mismo tiempo, reavivando esa sensación de asombro y descubrimiento que define al género.

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Sobre Franco Borgogna
Periodista apasionado por los videojuegos que sueña en mundos pixel-art sin caídas de frames. Streamer a tiempo parcial, fundador de la comunidad “La Orden del Pixel”, amante de la series, las películas y los comics.